martes, junio 16, 2009

À la folie... pas du tout.

El hombre, sus brazos musicales, su cuello y su torso se alargan en un desesperado gesto imposible de asir el Amor. Sus manos de mármol emergen del seno y del hombro del cuerpo del que nunca debieron separarse, y al que siempre pertenecerán. La perfección de la anatomía esculpida —cada músculo vivamente acariciado, besado, cuidado con infinito mimo— es fiel reflejo de la profundidad del intenso deseo, que el cincel respetó. La mujer alberga en su mente el dolor, el ansia, la sed devoradora del hombre al que quiso permanecer unida en total comunión y cuya separación la llevó a la locura. El silencio que rodea los cuerpos es palpitante. Cerrando los ojos, en el museo parecen escucharse sus voces de placer, de insomnio, de melancolía, el acento alegre en las palabras osadas, como si un viento cálido entrase bruscamente en la estancia. Y los lamentos, los jadeos, las risas, los sollozos, la música del Amor. Igualmente se percibe el perfume de los dos cuerpos que, al unísono, transpiran pasión, luz, vida. Ondas. Partículas. Emotivos mármoles vivientes de desnudez perlada: Camille Rodin, Auguste Claudel.
VAILIMA

viernes, mayo 08, 2009


Joel Peter Witkin
Las Meninas (1987)

Tan confuso.
Mi versión favorita.



Soñé que vivía en un lugar sin domicilio.
Pérdido y solo andaba yo.
La gente me miraba sin verme en el espacio.
Y pasaban de largo con ojos de piedra.

lunes, enero 26, 2009

Objetivos varios

Si el objetivo es alcanzar el número uno, puedes ir borrándome de la lista. Al fin y al cabo, sólo soy un par de manos abiertas, palmas hacia arriba, extendidas sobre la mesa. Tan inofensiva como pintar un amanecer del color de tus ojos, y de vez en cuando contarte un poco, apenas una diapositiva, acerca de la mujer que buscaba la felicidad armada con un cazamariposas y media sonrisa; aquella chica que caminó durante tanto tiempo y que acabó en una vía muerta al otro lado de la frontera, donde los sueños dejan de respirar.
Convertidos en extraños, completos desconocidos que cada vez que se encuentran, sacuden el polvo acumulado de sentirse incompletos, pronuncian cuatro palabras en un mal español y juegan a detener los relojes de la plaza. Hay tanta gente dentro de mí que no vas a conseguir asignarme una posición, un puesto en la clasificación, nada de archivadores ni tablas de contingencia. Únicamente un hilo verde nos une, tan delgado que los demás no lo notan hasta que tropiezan con él. Puedes consumirte en tu propio fuego sí es lo que pretendes. Yo sólo soy las manos extendidas.