martes, junio 16, 2009

À la folie... pas du tout.

El hombre, sus brazos musicales, su cuello y su torso se alargan en un desesperado gesto imposible de asir el Amor. Sus manos de mármol emergen del seno y del hombro del cuerpo del que nunca debieron separarse, y al que siempre pertenecerán. La perfección de la anatomía esculpida —cada músculo vivamente acariciado, besado, cuidado con infinito mimo— es fiel reflejo de la profundidad del intenso deseo, que el cincel respetó. La mujer alberga en su mente el dolor, el ansia, la sed devoradora del hombre al que quiso permanecer unida en total comunión y cuya separación la llevó a la locura. El silencio que rodea los cuerpos es palpitante. Cerrando los ojos, en el museo parecen escucharse sus voces de placer, de insomnio, de melancolía, el acento alegre en las palabras osadas, como si un viento cálido entrase bruscamente en la estancia. Y los lamentos, los jadeos, las risas, los sollozos, la música del Amor. Igualmente se percibe el perfume de los dos cuerpos que, al unísono, transpiran pasión, luz, vida. Ondas. Partículas. Emotivos mármoles vivientes de desnudez perlada: Camille Rodin, Auguste Claudel.
VAILIMA